La jubilación también puede ser un duelo, aunque la hayas deseado durante años

Javier Casanoves, psicólogo general sanitario

Durante años has imaginado ese día. No volver a poner el despertador, olvidarte de los horarios, disponer por fin de tiempo para viajar, caminar, leer o, sencillamente, no hacer nada. Llega la jubilación y ocurre algo desconcertante: tienes exactamente aquello que deseabas y, sin embargo, no te sientes como esperabas.
Quizá durante las primeras semanas todo resulte agradable. Te levantas más tarde, haces planes que llevabas tiempo aplazando y disfrutas de una libertad desconocida.
Hasta que un martes cualquiera descubres que son las once de la mañana y no sabes muy bien qué hacer con el resto del día. No tienes ninguna obligación urgente,pero tampoco demasiados motivos para mirar el reloj. «¿No debería estar disfrutando más de esto?».
La jubilación se presenta como un premio después de décadas de trabajo.
Precisamente por eso cuesta reconocer que también puede implicar una pérdida.
Ambas cosas no son incompatibles. Es posible haber deseado dejar de trabajar y, al mismo tiempo, echar de menos algunas de las cosas que el trabajo proporcionaba.
Porque cuando nos jubilamos no perdemos únicamente un empleo. También desaparece una estructura que, casi sin darnos cuenta, había organizado buena parte de nuestra vida.
Durante décadas, alguien o algo nos ha indicado a qué hora levantarnos, dónde estar y qué hacer durante una parte considerable del día. El lunes era diferente del sábado y las vacaciones eran especiales porque existían los días de trabajo. De repente, esa rquitectura cotidiana desaparece. El tiempo que antes escaseaba empieza a sobrar y tener ocho horas libres cada día no siempre resulta tan sencillo como parecía
cuando solo disponíamos de dos.
Además, el trabajo proporciona relaciones. Está el compañero con quien tomamos café, la conversación de cinco minutos en el pasillo, las bromas, las discusiones y hasta aquella persona que nos irritaba pero que formaba parte del paisaje cotidiano. Algunas de esas relaciones sobreviven a la jubilación; muchas otras se van apagando sin que nadie haya decidido terminarlas. «Ya quedaremos» puede repetirse varias veces hasta que un día descubrimos que llevamos seis meses sin hablar.A todo ello se suma algo todavía más profundo: la identidad. Si durante treinta o cuarenta años hemos respondido a «¿A qué te dedicas?» diciendo «soy maestro», «soy enfermera», «soy mecánico» o «trabajo en una empresa», el oficio acaba ocupando un espacio importante en la manera de definirnos. No solo trabajábamos de algo. En cierta medida, también éramos aquello. Por eso la pregunta que aparece tras la jubilación no siempre es únicamente «¿qué hago ahora con mi tiempo?».
También es otra bastante más difícil: «¿Quién soy ahora que ya no hago lo que he hecho durante casi toda mi vida adulta?».
Sentir tristeza, desorientación o vacío ante ese cambio no significa que jubilarse haya sido un error. Tampoco demuestra que uno sea incapaz de disfrutar de la nueva etapa. Significa que una transición importante necesita tiempo para ser incorporada.
Podemos sentir alivio por lo que termina y pena por lo que dejamos atrás. Las emociones humanas no suelen respetar la obligación de escoger solo una cosa. El problema es cuando esperamos que la adaptación sea automática. Se aconseja entonces «mantenerse ocupado», como si bastara con llenar una agenda. Apuntarse
a inglés los lunes, caminar los martes, pádel los miércoles y cerámica los jueves puede resultar estupendo, pero una agenda llena no garantiza una vida con sentido.
La cuestión no consiste solamente en sustituir ocho horas de trabajo por ocho horas de actividades. Hay que preguntarse qué necesidades cubría el trabajo y cómo queremos atenderlas ahora. Si proporcionaba relaciones sociales, quizá necesitemos construir nuevos espacios de encuentro. Si aportaba la sensación de
ser útil, podemos buscar formas diferentes de contribuir. Si organizaba nuestros horarios, será importante establecer ciertas rutinas. Y si constituía una parte fundamental de nuestra identidad, necesitaremos descubrir otras facetas que habían quedado relegadas durante años.
También merece atención la vida en pareja. Después de décadas en las que cada uno disponía de sus horarios y espacios, la jubilación puede hacer que dos personas pasen muchas más horas juntas. Para algunas parejas será una oportunidad; para otras exigirá renegociar costumbres, tareas y tiempos propios. Jubilarse no significa que desde ese momento haya que hacerlo todo juntos. Mantener intereses
individuales puede ser tan saludable como encontrar proyectos compartidos.
Algo parecido sucede con la familia. Disponer de más tiempo no convierte automáticamente al jubilado en la persona disponible para cuidar nietos, realizar recados o resolver cualquier necesidad de los demás. Ayudar puede proporcionar satisfacción y fortalecer vínculos, pero una jubilación construida únicamente
alrededor de las necesidades ajenas corre el riesgo de convertirse en otra jornada laboral, solo que sin nómina.
Tal vez por eso resulte más útil pensar esta etapa no como unas vacaciones interminables, sino como una reorganización vital. Las vacaciones funcionan porquesabemos que terminan. La jubilación plantea una pregunta diferente: cómo queremos vivir una cotidianeidad que puede durar veinte o treinta años.
Y esa respuesta no tiene por qué aparecer el primer lunes. Puede construirse poco a poco. Recuperando amistades que habían quedado relegadas, manteniendo horarios suficientemente flexibles pero no completamente caóticos, aprendiendo algo por el simple placer de aprenderlo, colaborando en actividades donde nuestra experiencia resulte útil o recuperando aficiones abandonadas cuando el trabajo y la
familia ocupaban casi todo el espacio disponible. También permitiéndonos descansar
sin convertir cada hora libre en un proyecto de productividad.
Después de toda una vida midiendo buena parte de nuestro valor a través de lo que producimos, quizá uno de los aprendizajes más difíciles de la jubilación sea precisamente descubrir que no necesitamos justificar constantemente nuestro tiempo.
Eso no significa renunciar a tener proyectos. Al contrario. Significa poder elegirlos por razones distintas. Ya no porque haya que fichar, cumplir objetivos o demostrar rendimiento, sino porque nos interesan, nos conectan con otras personas o nos hacen sentir que seguimos participando en el mundo.
La jubilación puede traer libertad y, al mismo tiempo, exigir una despedida. Se deja atrás una rutina, un papel social, determinadas relaciones y una versión de uno mismo construida durante décadas. Reconocer esa pérdida no convierte la jubilación en algo triste ni resta valor a todo lo bueno que puede traer. Simplemente permite comprender por qué adaptarse a ella puede necesitar algo más que comprarse unas
zapatillas para caminar y llenar la agenda.
Quizá jubilarse no consista únicamente en aprender qué hacer con todo ese tiempo nuevo. También supone descubrir quién queremos ser cuando, después de tantos años, nadie nos dice ya qué tenemos que hacer con él.

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